Así se convive en un refugio de migrantes

Así se convive en un refugio de migrantes

septiembre 19, 2019 Desactivado Por Angel Peña

Bien pasada la medianoche, cuando el calor empieza a ceder un poco y el patio amurallado está lleno de hombres que duermen al aire libre, alguien empieza a sollozar. Es un sollozo contenido. La única luz viene de afuera, de un farol del otro lado del alambre navaja. Es imposible ver quién está llorando. ¿Se trata del fisicoculturista de origen ugandés que le escapa a la violencia

Todos están en el albergue El Buen Pastor, en el que unos 130 migrantes de distintos rincones del mundo son encerrados diariamente a las cinco y media de la tarde, atrapados en un purgatorio inmigratorio. Se encuentran a escasos 5 kilómetros (tres millas) del puente Paso del Norte y de su objetivo: Estados Unidos.

«Todos lloran aquí», dice Yanisley Estrada Guerrero, una cubana de 33 años, economista y exgerenta de un banco.

Ahora trabaja ilegalmente como empleada de limpieza en un hotel de Ciudad Juárez por el equivalente a 60 dólares al mes, menos de la mitad del sueldo mínimo de México. «Lloro casi todos los días. Pero lo hago en la ducha, porque no quiero que nadie me vea», dice. Estos son días agitados para los migrantes de El Buen Pastor.

Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Estados Unidos está devolviendo a miles de personas que piden asilo sin importar la gravedad de sus casos.

Una serie de reformas a las leyes inmigratorias dispuestas por el gobierno de Donald Trump han cerrado la frontera a la mayoría de las personas que buscan asilo, dejando a decenas de miles de migrantes en un limbo y transfiriendo la responsabilidad de la política inmigratoria estadounidense al gobierno mexicano y a decenas de albergues mexicanos.

Para los migrantes, El Buen Pastor es un refugio y una prisión a la vez. Es un sitio pequeño, con cuatro habitaciones para dormir, cuatro duchas, cuatro inodoros y una capilla, que ofrece a cada migrante una colchoneta, dos comidas al día, un servicio poco confiable de wi-fi y protección de bandidos que buscan víctimas en los albergues de migrantes de Ciudad Juárez. Pero es también un lugar donde la puerta de entrada es cerrada con llave a las cinco y media de la tarde y donde llegar tarde implica vérselas con Marta, la temible voluntaria que administra el lugar y suelta constantemente frases de la Biblia. Pareciera que nunca se va.

Es, al mismo tiempo, un lugar donde de vez en cuando se sirve muchene enkoko (un arroz con pollo al estilo ugandés) o arroz a la valenciana nicaragüense. Donde juegan los niños, los jóvenes se cortejan y hay partidos de scrabble que no se acaban nunca. Cualquier cosa con tal de pasar el tiempo.

Esta es la casa, al menos por ahora, de esas 130 personas.

Así pasan sus días. No en los países de los que escaparon. No en el país donde quieren estar. En el medio de esos dos mundos.

El fisicoculturista ugandés se levanta temprano, casi siempre antes que nadie, y sale a correr por las calles de Ciudad Juárez.

No para de correr. La gente lo mira, sorprendida de ver a un negro con bíceps prominentes y hombros enormes corriendo por la ciudad.

El Buen Pastor acoge a migrantes de 11 países, desde Camerún hasta Cuba, Etiopía y Guatemala. Las autoridades mexicanas estiman que hay unos 13,000 migrantes de este tipo en Ciudad Juárez, una ciudad de 1.3 millones de habitantes. En todo el país habría unos 50,000. Llegaron tras cruzar a pie la selva panameña o volando directamente a la Ciudad de México. Viajaron en autobús desde Guatemala. Caminaron. La mayoría de los migrantes de El Buen Pastor le escapan a la violencia política, a gobiernos autoritarios o a las extorsiones de pandilleros. Algunos tienen títulos universitarios, otros apenas pueden escribir. Muchos sueñan con dejar atrás generaciones de pobreza.

Alphat corre para escaparle a la sensación de claustrofobia del albergue y para olvidar al menos por unos minutos lo que pasó en su tierra.

Su pesadilla comenzó, según cuenta, cuando aceptó custodiar a un político que había tenido numerosos enfrentamientos con Yoweri Museveni, el caudillo que gobierna Uganda. Un día fue arrestado, golpeado y torturado por sus lazos con la oposición. Policías usaron sogas para colgar ladrillos pesados de su pene. Al principio pensó que encontraría refugio en México. Pero después de ser detenido, liberado y asaltado, aceptó la recomendación de un mexicano que había conocido y se fue en autobús a Ciudad Juárez. Le habían dicho que allí podía ir caminando a una oficina de inmigración estadounidense y pedir asilo.

El puente que une Ciudad Juárez con El Paso es uno de los más transitados de la frontera entre México y Estados Unidos. Lo cruzan unos 20,000 peatones diariamente, de ida y vuelta.

Un chofer de taxi se apiadó de Alphat y le dio una moneda de cinco pesos, equivalente a 25 centavos de dólar, para que cruzase el puente.

«Lo conseguí», pensó mientras colocaba la moneda en un molinete y comenzaba a caminar sobre el río Bravo (Grande en Estados Unidos). «Ahora seré libre».

En la mitad del puente, sin embargo, lo detuvieron agentes aduaneros de Estados Unidos. Y le dieron un número para su caso de asilo: 12,631.

Convivencia a fuerza de necesidad

Lo peor son las mañanas. El inicio de otro día inacabable, bajo un sol abrasador, en un patio lleno de gente medio dormida.

Un puñado de migrantes tiene trabajo, casi siempre como empleadas domésticas u obreros de la construcción. Muchos trabajan sin permiso, aunque últimamente el gobierno mexicano se ha mostrado más generoso con la concesión de permisos laborales, en una admisión tácita de que los migrantes van a pasar mucho tiempo en México.

Marta Esquivel Sánchez es una mujer malhumorada de 59 años que cocina la mayoría de las comidas en el albergue y está a cargo de él durante la noche. Es querida y temida al mismo tiempo.

El individuo que hace que todo esto funcione es un profesor de matemáticas de escuela secundaria, jubilado, con cabello negro azabache y un delgado bigote digno de una estrella del cine de antaño. Juan Fierro, de 70 años, es un católico distante y alcohólico en recuperación, que enderezó su vida gracias a la iglesia metodista. Es además un predicador capaz de tocar el hombro de los creyentes y verlos desvanecerse, abrumados por el Espíritu Santo.

En el albergue, Fierro es simplemente «El Pastor».

«El pastor lo ve todo», dice Esquivel, señalando hacia las cámaras de seguridad del refugio.

Es un optimista irredento.

«No entiendo cómo no hay choques entre ellos», expresó.

Hay prejuicios subyacentes. Los cubanos son mandones, se dicen los migrantes entre ellos. Los africanos huelen mal. Los guatemaltecos son ignorantes.

En la primavera parecía que estaba todo a punto de estallar cuando una organización caritativa mexicana trajo a un grupo de migrantes africanos.

«Cuando llegaron los primeros africanos, todos se quedaron mirando», cuenta Fierro.

Pocas semanas después, un adolescente centroamericano insultó a los africanos con comentarios racistas y Fierro intervino. Llamó a todos los latinoamericanos y les dijo que ese tipo de comentarios debían cesar de inmediato. Después se llevó a los africanos a tomar un helado y los paseó por la ciudad.

A los centroamericanos en particular, muchos de ellos de pueblos remotos y poco roce con el mundo moderno, a menudo les cuesta hacerse a la idea de que están conviviendo con negros.

«Tenemos que demostrarles que somos gente buena», dice Samrah, una migrante ugandesa.

En términos generales, los migrantes han aprendido a convivir.