En Italia, el deceso de presbíteros católicos es un drama que no se detiene. Exponerse al virus por imponer los santos óleos a los moribundos, confesarlos o, simplemente, convertirse en su única compañía a la hora de partir de este mundo, los habría colocado en la línea de fuego.

Dicen en Italia que muchos sacerdotes católicos caminan como si fueran zombis.

Con mascarilla, gorra, guantes, sotana y extrañas gafas, decenas de ellos andan soñolientos entre féretros, enfermeros exhaustos, quejidos y lágrimas de moribundos que no solo tienen temor a la muerte, sino que además les aterra cerrar sus ojos sin haber visto por última vez el rostro de sus seres queridos. Se sienten solos, espiritualmente consternados y, al final de la carrera, sedientos de escuchar que su Dios los perdona y que el llanto de ahora se convertirá en gozo en un anhelado más allá.

Por eso los zombis con sotana se han resistido a dejarlos solos. En muchos casos, los ministros han puesto de primero sus obligaciones pastorales antes que su propia vida y al final han terminado compartiendo el mismo destino que sus «hijos espirituales»: han muerto en soledad, sin parientes a quienes decir adiós y, paradójicamente, sin funerales, esas ceremonias religiosas que en vida oficiaron centenares de veces.