Antes, la peor parte de la violencia se limitaba a unas pocas ciudades; ahora se extiende por todo el país.

Antes, la peor parte de la violencia se limitaba a unas pocas ciudades; ahora se extiende por todo el país. Antes no era raro que las bandas matasen a adultos pero dejasen a los menores ilesos; ahora, el asesinato de menores junto a sus padres se ha convertido en algo demasiado frecuente.

Y el que quizás sea el cambio más desconcertante: la sangrienta violencia de los cárteles enojó a los mexicanos y acaparó la atención intencional por la guerra contra el narco, que registró 27.000 homicidios durante su apogeo en 2011. Hoy en día, aunque el número de asesinatos en el país se incrementó hasta cerca de 35,000 el año pasado, el derramamiento de sangre parece recibir menos atención y generar menos indignación.

Todo esto ha dejado a muchos mexicanos preguntándose qué camino tomar.

Esto fue evidente esta semana en Coatzacoalcos, una ciudad petrolera de Veracruz donde, según residentes, las bandas luchan por controlar el territorio y extorsionan a los propietarios de negocios. El martes en la noche, presuntos miembros del cártel de Jalisco se presentaron en el club nocturno Caballo Blanco, bloquearon las salidas y provocaron un incendio que mató a 28 personas atrapadas dentro, posiblemente porque el dueño se habría negado a dejar de vender drogas de otro grupo delictivo.

Otra tendencia preocupante es que los menores son abatidos a tiros por los pistoleros que tienen como objetivo a un adulto. Los cárteles de Sinaloa y Juárez se enorgullecían en su día de sus asesinatos selectivos, que acababan con la vida de las personas señaladas pero dejaban al resto de los miembros de su familia ilesos. Ahora, los niños mueren con una frecuencia escalofriante.

La incesante violencia ha insensibilizado a muchos.

«Pareciera que nos estamos acostumbrando a ver esto. Yo no quiero acostumbrarme a eso», dijo Lenit Enríquez Orozco, una activista de Coatzacoalcos.